El sueño de Momo

“Vivimos en un mundo desigual donde menos de dos docenas de hombres amasan más riqueza que más de 325 millones de mujeres.”

29 de enero de 2020

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Quico Germain Borrell es el presidente y fundador de Petits Detalls. En Uganda coordina los tres proyectos de la ONG junto con las contrapartes locales.

Momo tenía muy claro lo qué quería ser cuando fuera mayor: barrendera. La respuesta, por curiosa, nos arrancaba carcajadas a todos los presentes, especialmente a sus hermanos y hermanas de Mupenzi Children’s Home, el orfanato donde Petits Detalls ayuda a menores huérfanos a poder vivir una infancia digna.

Para la pequeña Momo, de cuatro años, ser barrendera significaba hacer aquello que veía hacer a los mayores de la casa donde vivía: barrer el patio en el que ella jugaba y corría cada día hasta caer rendida por el cansancio. Visto así, parecía lógica su elección.

Hace poco la ONG internacional Intermón Oxfam publicó su informe anual sobre desigualdad, previo a la celebración del Fórum Económico Mundial en Davos. En él se presenta un dato demoledor: los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África juntas. Vivimos en un mundo desigual donde menos de dos docenas de hombres amasan más riqueza que más de 325 millones de mujeres.

Muchas son las razones de esta injusta desigualdad, pero el informe señala que las mujeres tienen más probabilidades de ocupar empleos precarios y mal remunerados y que dedican cada año miles de millones de horas al trabajo de cuidados, muchas veces no remunerados.

Pero todo esto Momo no lo sabía a los cuatro años. Le ilusionaba pensar que su trabajo, de mayor, seguiría siendo en el patio donde tan feliz era durante su infancia. Y nada más. Una simple ilusión de una niña que desconocía que una gran mayoría de mujeres ugandesas dedican sus días a cuidados familiares y trabajos domésticos ni pagados, ni reconocidos. Momo desconocía también que esas mujeres ugandesas, después de barrer, deben cocinar, limpiar, cuidar de niños y mayores e ir a recoger agua en el pozo.

Momo ahora tiene ocho años y quiere ser profesora. Así que sienta a sus muñecas en un círculo y finge que les da clase. Les enseña a contar del uno al diez y les recita el abecedario durante sus ratos libres. En el mismo patio donde ahora, que ya es mayor, de vez en cuando ayuda a barrer.

Y mientras ella crece, nos seguiremos esforzando para erradicar la desigualdad sexista que asoma en el horizonte vital de Momo y de todas las niñas ugandesas. Y para asegurarnos que, sea cual sea la profesión que finalmente elija Momo, sea respetada.

Momo was certain of what she wanted to be when she grew up: a sweeper. Her answer, being odd, filled us present with laughter. Especially her brothers and sisters at Mupenzi Children’s Home, the orphanage where Petits Detalls helps young orphans to live a decent life.

To little Momo, at four years old, being a sweeper meant doing what she saw the grown-ups of the household do: sweep the patio where she played and ran every day until she gave in to exhaustion. From this perspective, her choice seemed logical.

The NGO Oxfam Intermón recently published their annual report regarding inequality, before the World Economic Forum in Davos. In it, there’s a devastating datum: the 22 wealthiest men on Earth have more wealth than all the women in Africa put together. We live in an unequal world where less than two dozen men amass more wealth than more than 325 million women do.

There are many reasons for this unjust inequality, but the report points out that women have more chances of occupying precarious and underpaid jobs, and that they dedicate billions of hours every year to service labor, many of which aren’t remunerated.

But Momo didn’t know all this at four years old. She was exited thinking that her job, when she grew up, would still be in the patio where she had been so happy during her infancy. That’s all. A modest dream from a girl that didn’t know that most Ugandan women spend their days caring for their family and handling domestic chores that aren’t paid nor recognized. Momo also didn’t know that those Ugandan women, after sweeping, must clean, cook, take care of the children and elders, and go to fetch water.

Momo is eight years old now, and wants to be a teacher. So she sits down with her dolls, forming a circle, and pretends to give them lessons. She teaches them to count from one to ten and to learn the alphabet during her spare time. In the same patio where, now that she’s older, she helps sweep from time to time.

And while she grows up, we’ll continue to push ourselves to eradicate the sexist inequity that rears its head in Momo’s and all Ugandan girls’ vital horizon. And to ensure that, whatever profession Momo winds up having, she’s respected.

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